Soy Bubu. Detrás de este nombre tan ñoño que me pusieron por culpa de un muñeco de uno de los hijos de mi familia adoptiva se esconde un perro con mucha personalidad, o por lo menos así me defino yo. Según me contaron años después, las opciones eran Bubu o Mosito, así que no salí tan mal parado. Mis ‘papis’ no paran de quejarse de lo mucho que ladro, pero antes de que aprendiera a teclear en el ordenador era mi única forma de comunicarme con el mundo. Y justo ahora, cuando he desarrollado una velocidad de 350 pulsaciones por minuto -título oficial incluido- leo que unos investigadores húngaros han desarrollado un software capaz de traducir los ladridos de los perros. A buenas horas mangas verdes.